María Rodés o cómo convertir un complicado engranaje de sonidos pequeños y delicados en un fascinante universo protagonizado por una voz naif y onírica. Es instantáneo, cuando la escuchas por primera vez conectas con su música de una manera hipnótica. María nos susurra canciones en un registro que pasa de la bossanova al pop, quedándose en su mayor esencia en un folk que huye de clichés establecidos y poses de moda. Utiliza instrumentos caseros que le dan un toque naif en cada canción: Ella no tiene que fingirse otra persona para seducirnos. Se muestra tal y como es y consigue atrapar nuestra atención y despertar nuestros sentidos más exigentes con su frescura y particularidad.
Más allá de la voz, el cuidado con que los arreglos musicales se van desgranando, a medio camino entre los sonidos pequeños y pueriles de Pascal Comelade y la desolación cinematográfica y sombría de PJ Harvey o Beth Gibbons, convierten a su música en la pareja de baile perfecta para esa voz que reflexiona sobre las tristezas y las alegrías en canciones con preciosas melodías como la de “Desorden”, “Una forma de hablar” o “Invisible”. Pinceladas de jazz sobre cimientos de canción de autor, atmósferas íntimas, caseras, hechas a mano, cálidas y antiguas, evocando sonoridades de los años 40 y 50 del siglo pasado hacen que la producción del disco sea perfecta para hacer que María brille como nunca.